miércoles, 22 de agosto de 2012

Del amor el suero oftálmico sabe lo suyo


Los puestos de verdura
en la juventud parecían madres solteras,
como los mercados eran
niños en las calles pateando balones de cuero,
lejos de las aulas
las carnes eran banderas ondeando a solas.
Resumen de tardes de pelos rubios
en rizos que paseaban su palmito en descapotables
junto a la bahía.
Entre los destellos de hojalatas adineradas
tu pelo que derramaba café con leche
en las pastelerías de moda.
Asumes que los nombres del pasado no arrastran
otras cosas, como lo diferente
que era una peseta en la zona alta de la ciudad.
Si las televisiones eran puertas abiertas
al mundo,
mi libreta resultó la fiesta de niños sin amigos,
y ojos como estos que te miran
no dejaron de pasear las avenidas adineradas
de tu imperio.

martes, 21 de agosto de 2012

Del amor el suero oftálmico sabe lo suyo


Miras como crece el pene lentamente, así, mientras los barcos pasan ante la ventana y el heladero se aburre en su furgoneta. Arriba, en el tercer piso, en la ventana sin persianas,  parece que la vecina está trabajando en algo serio, no despega, parece, la nariz del ordenador. El pene sigue creciendo como si con él no fuera la estampa de este día de verano. Le da lo mismo si un barco atraviesa la bahía o la vecina del tercero está preparando su tesis doctoral. El heladero, sin embargo, también nota como el pene se va hinchando poquito a poco. Es cierto que la furgoneta es un coñazo, que las tardes pasan lentas y que rara vez una tía buena pide un helado si no es dietético, y de esos, piensa, yo no tengo. La vecina parece manca, pues la mano derecha la tiene tendida debajo del escritorio. Tu pene parece que se da cuenta de ello y de repente se hincha por completo y empieza a molestarte la cremallera. Estos pantalones de tela son horrorosos, piensas, cuando los pelos de tu pubis tocan el metal y se enredan en los dientes de este invento del demonio. El heladero siente como su uniforme disimula bien los movimientos rítmicos cada vez más impudorosos de su pene, justo en el momento en el que una clienta le pide un vaso de fresa y nata. Se levanta un segundo la vecina del tercero y te das cuenta de que está en bragas, amarillas y de encaje crees ver, y de repente piensas que la cremallera es un elemento molesto que se ha de erradicar. La bajas con cierta urgencia y tu pene parece emitir un aliviado suspiro. Es verano y el calor sofocante. La vecina del tercero vuelve con un batido, crees ver,  y la pajita entre sus labios es todo lo que puedes soportar. De repente necesitas masturbarte frenéticamente,  aunque el heladero puede verte desde su furgoneta.  El heladero le dice a la clienta que son dos euros, y la clienta no se da cuenta, por descontado, de que su pene está totalmente dispuesto para idealizar su falda y sus caderas de cincuentona.  La vecina del tercero parece que, además de manca, es un poco escandalosa, en el preciso momento en que el heladero cobra a la cincuentona emite un pequeño grito, como si algo le agradara en exceso. Tu pene está fuera de control, y buscas un instante de sosiego entre las cortinas de tu cuarto. Sin embargo, ya no hay quien lo pare, mientras el heladero no sabe qué hacer con sus manos en esta tarde de calor y la vecina del tercero se baja las bragas con timidez.  Tu pene necesita un descanso, que la tarde termine, que llegue la noche y baje la temperatura. El heladero necesita chicas aficionadas al helado artesano y que a la vecina del tercero las bolas de fresa y nata le gusten. El invierno es diferente, las ventanas están vacías, los heladeros en sus casas, tu pene estudia filología.

martes, 14 de agosto de 2012

Del amor el suero oftálmico sabe lo suyo


Concretaba siempre que podía la hora exacta de la cita. Era sencillo, insistía nada más salir del cine y no paraba hasta que ella entraba en el portal. A ella le hacía gracia el cortejo insistente y a veces hasta ingenioso. Él creía en los juegos de palabras y se inventaba sobre la marcha ingenios malísimos. A ella le gustaban tanto como los bombones de chocolate que sólo se elaboran en ciertas épocas del año. Él buscaba su voz y versos olvidados mientras contaba las baldosas del camino a casa. Ella esperaba más intentos y menos aciertos. Él no era bueno, de hecho era más bien mediocre y se notaba en ciertas actitudes cotidianas. Por ejemplo, no era capaz de escribir una sola hoja seguida sin recurrir a la nostalgia o a lo ya escrito. Ella pensaba que valía mucho, prefería estar con él durante cinco minutos a una noche de fiesta con sus amigas. Se me ha olvidado deciros que eran jóvenes en todos los aspectos. Me refiero con esto a que, por ejemplo, él pensaba que soñar era una obligación y no un efecto pasajero de los años primeros. Ella era joven y se creía que el monte era orégano y generalmente cuando hacía ensaladas hacía la broma típica de un joven que comienza, algo así como qué salada soy en esta sala. Juegos de palabras para jóvenes malditos, bromeaba él en brazos de ella.  Eran jóvenes rondando los cincuenta. Él sufría de la vista y tenía que administrarse pequeñas dosis de suero oftálmico, sobre todo en días de mucho trabajo y lectura, porque le gustaba mucho leer, sobre todo novelas que hablaban de viajes lejanos y esperanzas marchitas. Ella era una perita en dulce, cualquiera se la hubiera pedido de postre en una comida de domingo. Se quedaba callada porque no tenía nada que decir, solo sentía con intensidad y eso era suficiente para ella. Él a veces miraba los mapas de carreteras hasta que se dio cuenta de que no sabía doblarlos. Él y ella compraron una barca con un camarote escondido. Cercaron de pasada sus propiedades  cuando el ciclón Ganzo arrasó todas las praderas.

martes, 7 de agosto de 2012

Del amor el suero oftálmico sabe lo suyo


Era una vieja vecina del quinto derecha. Siempre estaba paseando por los pasillos de la segunda planta, pero era del quinto derecha.  Lo mismo daba que fuera por la mañana o por la tarde, rondaba la segunda planta y se entretenía cuidando las plantas artificiales que decoraban el pasillo. Solía tararear coplas antiguas y su falda generalmente necesitaba algún remiendo. A veces la veías por la calle, pero siempre en el barrio, comprando el pan y magdalenas recién hechas. Rara vez entraba en la carnicería. Con el pescadero entablaba charlas interminables, pero salía siempre sin pescado. Era una mujer que rehuía el sol en días luminosos, siempre buscaba la sombra de los bajos comerciales. Era curioso cómo se paraba en el escaparate de la mercería donde se exponían las últimas bragas y sujetadores de barrio. Muchos de los chicos la conocían como la abuela de las bragas, debía de ser porque pasaba mucho rato observando el escaparate. Podías intuir los días de labor dónde se encontraba en cada momento, era muy metódica y a todo el mundo caía bien. Yo la conocía por la vieja del segundo, por todo el tiempo que pasaba recorriendo los pasillos de la segunda planta del edificio. Un día decidí acercarme a ella en la panadería, y le dije que si le gustaba mi perro, un pequinés cariñoso que siempre me acompaña a comprar pan.  Mi perro devora el pan y se pone caprichoso cuando el panadero se acerca con carantoñas y las migas en la mano. La vieja me miró a los ojos y me di cuenta de que los tenía de color gris claro. Me acarició el brazo y me dijo que era muy bonito, y le dio algunos coscorrones tiernos en la cabeza. Acompañé a la vieja hasta el portal, pues vivíamos en el mismo bloque, y en el ascensor le pregunté a qué piso iba, aunque yo sabía que vivía en el quinto. Me dijo que al quinto, y mientras subíamos me fijé en la bolsa de la compra y cerré los ojos. Al llegar a mi apartamento, calenté la comida, acaricié a mi perro que no se apartaba de mis pies y vi que el viento tras las ventanas estaba de cambio.

lunes, 6 de agosto de 2012

Del amor el suero oftálmico sabe lo suyo


No confundas el amor con el escalofrío, con la ensoñación o la pereza. Confúndelo con la rabia, el silencio, el mirar hacia otro lado cuando no hay paisaje al que mirar.

Del amor el suero oftálmico sabe lo suyo



Puedes leer a Cesar Vallejo o a Federico García Lorca, a Sanchez Rosillo y a Auster, a veces a Prado y otras a Capote.

Puedes escuchar a Bob Dylan, a Tom Waits, a  Los Pecos a veces, a los Rolling y a John Dever, incluso a La Casa azul si el día es luminoso y duele.

Puedes mirar los cuadros de Goya cuando la necesidad aprieta, los de Warhol y también los de Bacon.

Puedes hacer con el arte una elección que te garantice un camino con obstáculos, pero no puedes elegir hoy Elenas, a veces Pilares, o de vez en cuando Andreas, pues siempre estás tú para cerrar las cancelas de estos prados que recorro junto a Cesar Vallejo, Federico, Auster  y Rosillo,  Dylan y Wats, Pecos y Rollings, Dever y Bacos, Warhol y Goya. 

No puedes para nada de esta mano soltarte, ni de este aire respirar tan solo con tu aliento. Como el arte, hay amores también capaces de hacer con un abismo una manzana.