lunes, 25 de octubre de 2010

Reconstrucción (IX)

Se ha de creer con los pies en el suelo, sin considerarse un proscrito, o peor aún, la oveja negra de un ganado de moralistas. Siempre desde las entrañas se ha de transmitir palabra tras palabra todo aquello que nos posiciona en el lugar de la existencia que ocupamos.

Se ha de creer sin ejercer nuestro derecho a la demagogia, a la postura correcta que nos determina en algún extremo del contexto. Se ha de creer creyendo que lo que uno siente es prioritario e íntimo, sin acudir a las comparaciones ni a las deducciones que acaban por explicarlo todo.

Se ha de creer desde las vísceras, simplemente es eso, sin pasar por otro tipo de argumento que nos refleja en el lago de lo correcto.

domingo, 24 de octubre de 2010

Reconstrucción (VIII)

Se escucha como la vida se entiende, esto es, observando cada movimiento torpe, metiendo las narices donde nos llaman, siendo impertinentes y claros. Así la capacidad de cambiar pedacitos de vida florece. Con la riqueza de la crítica como arma arrojadiza.

Se escucha en el encierro que deja pasar los rayos del sol a través de la ventana, sin capucha ocultando las orejas ni la expresión.

Se escucha para entender y conocer al enemigo, y pensar por un momento que el cambio desde el idealismo es posible.

viernes, 22 de octubre de 2010

Reconstrucción (VII)

A Artem

Se sostiene el hilo telefónico con suavidad, centrando siempre la atención en la coordinación de los dedos, dejando pequeños posos de conversación en la distancia, pudiendo echar de menos ciertas señales, el aspecto de los ojos o el movimiento expresivo de la boca. Se sostiene en la tormenta, en la realidad tan diversa como necesaria, mientras se desciende a otro estado de la existencia.

Se sostiene el hilo telefónico igual que se combate la lejanía, con pequeños sorbos sintácticos que a veces por rebeldía se saltan las normas. Es lo mismo, si te fijas. Si se sostiene como te digo, se siguen marchitando las plantas y envejecen las mascotas, igual que los años pasan en nosotros, pero la memoria nace y encuentra su sitio.

La memoria de aquél que olvida no es más que ruido en el hilo telefónico. La memoria de aquél que olvida es suficiente para ser protagonistas de lo difícil que resulta descolgar la línea y encontrar los recuerdos ordenados.

Se sostiene el hilo telefónico como las señales de humo captan la atención de los queridos ausentes.

jueves, 21 de octubre de 2010

Reconstrucción (VI)

Se guarda silencio como lo piden los astros. Guardar silencio no desemboca en no decir nada, en apenas pronunciar una palabra. Si así se entiende el mensaje, entonces el ruido se desvincula de todo concepto conocido.

Se guarda silencio para alcanzar sin elementos contaminantes estadios donde la consciencia y lo correcto no tienen permisos de acceso. Se guarda de la misma manera que el grial de los comienzos, esto es, sin la crítica que no es crítica, sin la excelencia que se queda en banalidad.

Se guarda el silencio no para conservarlo, más bien para exponer los preceptos básicos que nadie entiende. A veces las posturas de alternancias son pequeñas indecencias plagadas de distorsiones y ruido innecesario.

Se guarda el silencio para poder exponer al mundo las certezas que están al alcance de la mano y que nadie tiene los huevos de pronunciar sin un desmayo.

miércoles, 20 de octubre de 2010

Reconstrucción (V)

Se cierran los ojos sin hacer preguntas. Como lo hacen las mentes abiertas, sin remilgos, con la curiosidad necesaria para trasladarnos a otros límites. Se cierran los ojos desde la voluntad, no desde lo necesario.

Se cierran y se traspasan los tópicos manidos, las posturas de rebeldía junto al fuego, los discursos venidos a menos que nos hacen grandes. Se cierran para observar otros fronterizos surcos de la existencia.

Se cierran porque no queda más remedio, porque no se engaña a un pobre señalando la inmensidad de los montes.

Se cierran porque es la única alternativa posible para mantener la rebeldía sin masacrar el silencio con estúpidas y vacías palabras.

Horizonte Ceniza (XXXV)

Uno nace siempre en un centro histórico y muere en las afueras.